Producción arquitectónica en el post-capitalismo y su relación con construcción de identidad
Cada hecho construido es, a su modo, la respuesta a una cosmovisión fundada en ideales sociales, morales y éticos, forjados en comunidad a través de la historia. Si bien cada obra de arquitectura es inescapablemente contingente en lo particular, al mismo tiempo su proceso y resultado buscan alcanzar un ideal. Cada edificio puede entenderse como un dispositivo de identidad colectiva, donde se re-presenta la Cultura en sí misma.
Así, la arquitectura cobra un rol en la construcción del “ser” en el tiempo, haciendo que “el mundo sea algo visible y espacial, aglutinando su presencia en una cosa”[1]. De ese modo, su objetivo es aquel de proveer “orientación” en el espacio e “identificación” con el carácter especifico de un lugar.
Arquitectura e Identidad
A pesar de las muchas caracterizaciones facilistas que apuntan a la arquitectura como un espejo que pasivamente refleja aspectos de la sociedad, ésta nunca ha sido meramente un medio reflector. Más bien la arquitectura es un componente principal activo en el proceso de “hacer cultura”—y por lo demás, una de las maneras más tangiblemente costosas de hacerlo. Por esto mismo, no debiese sorprender que, en su necesidad de participar en la producción de cultura actual hoy, la arquitectura deba embullirse en un mundo de mass-media y mercado.
Consumir bienes y servicios en nuestra sociedad actual tiene un significado y una función mucho más allá de la superación de las necesidades básicas de abastecimiento; es más bien un acto fundamental en la constitución de una identidad personal y social. Los estudios relacionados con la cultura de consumo tienen por objeto estudiar el acto metafísico que significa comprar en el día de hoy, pues formaría parte de procesos psicológicos complejos en los cuales se crea y confronta la identidad a través de los valores reales o simbólicos.
El mercado es así concebido no como un simple intercambio de bienes entre productores y consumidores, ni tampoco un símbolo de la infraestructura económica que da forma a nuestra vida material, si no como un lugar imaginario y simbólico para la representación del sujeto en la cultura del consumo. El lugar físico en este fenómeno juega un rol determinante, pues es el espacio construido aquel que podría dar las claves de la constitución del espacio subjetivo y sus efectos en los cambios de modelo social[2].
Los mall y otros sitios de consumo testifican la ruptura de la tradición –modernista –de distinguir entre varias esferas de valor, incluyendo las clasificaciones en experiencias públicas y privadas, entre ocio y consumo, entre cultura y economía, entre vida secular y espiritual. El desgaste de esta oposición dialéctica da cuenta de un cambio en el orden racional modernista hacia un presuntamente irracional e impredecible orden postmoderno[3]. En otras palabras, el cambio en el significado y función del espacio público para el sujeto en la sociedad implica también un profundo cambio en la naturaleza del ser humano, que pasa de la individualidad a la pluralidad intermitente, desconectada, que reconoce y busca espectáculos de auto-representación en el mundo a través de dispositivos materiales adquiridos.
Cultura de Signos – Cultura de Consumos
La cultura del consumo de hoy es una cultura de signos y símbolos en constante redefinición, cuyo significado se superpone el real valor de cambio de los bienes producidos y consumidos.
Para Loos (arquitecto vienés crítico del modernismo de la secesión vienesa), el equilibrio entre interior y exterior en la naturaleza humana se habría roto a comienzos del siglo XIX, ya que el hombre permanecería ajeno a su propia producción, desligado de los productos de su época por un sistema de representaciones y de pseudo-saberes que le impedirían acceder a las fuerzas que constituyen su propio tiempo. Al verse incompleto, está condenado a re-crearse una y otra vez a través del consumo de conceptos temporales.

La teoría de que la constitución de una identidad social y personal pasa por medio de la adquisición real o simbólica de bienes y servicios –en fin, de conceptos culturales validados socialmente como marcas– pone al centro comercial, como lugar culmine del régimen económico-cultural dominante.
Los bienes y las marcas proveen material para la performance social y para la formación de mascaras que modelan la identidad personal, en el momento en que ir de shopping al mall es parte del espectáculo social. Como lo parafrasea Baudrillard, en la cultura de consumo, “el simulacro” es “la verdad”[4].
En el mall, el fugaz y fragmentario ser postmoderno es atraído por una pluralidad de espectáculos intermitentes y desconectados, en búsqueda de la auto-representación (concepto de Erving Goffman, uno de los más importantes sociólogos del siglo XX, que estudió las interacciones de la vida diaria a través de conceptos de dramaturgia como performance, escenario, roles, etc.). Así, toda interacción social es una performance creada para la audiencia, para ser y ser vistos, ¿Dónde? En el mall. Según interpretaciones postmodernas del ser, el consumidor compra para completar y construir un “yo” que ya es y siempre será carente de algo[5].
Arquitectura Y Masas
Analizando retrospectivamente la producción arquitectónica más llamativa de principios de este siglo vemos que se centra en la construcción de iconos visuales muy potentes. Estos mega-edificios, cargados de simbolismo, representan una visión cultural, una marca. Dichos íconos construidos son formalmente tan poderosos como para convertirse en el logotipo identitario. Así, la performatividad de dichas obras se convierte en algo primordial para la arquitectura. Del mismo modo que dentro de un mall, la arquitectura se ha vuelto hacia los impulsos escópicos[6], o en otras palabras aquellos impulsos que motivan el deseo de “ser y ser vistos”.
Los concursos más significativos de la neo-producción arquitectónica se han centrado en grandes obras con fines culturales iconográficos: museos, bibliotecas, galerías de arte, edificios corporativos de trasnacionales, pabellones expositivos, salas de música[7] –que más que responder a un programa específico a escala urbana y regional, cumplen un rol cultural dentro del contexto globalizado, donde el posicionamiento de marca garantiza el reconocimiento y posterior consumo por parte del cliente. Como Neil Lynch señaló[8], la arquitectura actual sufriría de un clima cultural saturado de imágenes. Para Lynch, la arquitectura viviría una época profundamente escopofílica, donde el ojo reina por sobre los otros 4 sentidos, siendo este “el más abstracto y elitista de todos”[9]. Y es a través de la seducción que se logran conseguir otros objetivos, más bien políticos y éticos.
Existe una coincidencia no despreciable: la mayoría de los edificios antes referidos corresponden a espacios de alta cultura –museos–, se tiende entonces a pensar que la producción arquitectónica se ha enfrascado en la construcción de íconos estéticos para la elite cultural, pensados para ser transado en esferas de usuarios cada más reducidas, al que la cultura de masas –por trivial e insignificante–, queda fuera de juego del debate arquitectural académico.
A mediados del siglo pasado, los temas y debates en las discusiones académicas entre arquitectos tenían que ver más con el modo de vida espontáneo y sin formalismos previos, el lenguaje semiológico nacido de la cultura popular y el consumo como modo de vida, incluso para la vivienda, donde el tema se afrontaba sin prejuicios sino que más bien con actitudes propositivas, quizás utópicas, pero al fin y al cabo profundamente significativas[10].
Comúnmente hoy, desde la esfera más conservadora, se enjuicia a los centros destinados al retail como lugares desprovistos de identidad, y que más bien han constituido un mal para la ciudad y su zonificación dialéctica entre espacios públicos y privados. Se consideran pseudo-espacios, no-lugares, sitios que ni siquiera pueden ser nombrados, que aparentan ser algo que no son. ¿Pero “No Son”?
Estos lugares, si analizamos la intensidad de las relaciones y intercambios de información que se dan en ellos, podrían ser vistos como las plataformas culturales de nuestros tiempos, donde no solo se consume, si no que se crea y representa identidad. El movimiento y desenvolvimiento dentro de un centro comercial es antes que nada performativo, donde la alteridad –descubrimiento que hace el “yo” del “otro” –permite poner en juego los esquemas de representaciones, sobretodo en el rol que a cada uno le “toca” interpretar. Gracias al espacio des-motivado y simulado del mall, sus espacios se vuelven un lugar de resignificaciones culturales, donde el cuerpo domestica y se apropia del entorno de un modo que en anteriormente no había sido posible[11].

Esta hibridación del espacio del centro comercial y su condición entre privado y público se ve mayormente acentuada por la incorporación de programas que, en su esencia, no tienen finalidades comerciales. Así se logran ver cada vez más ejemplos de hibridaciones entre mall y escuela, mall y hospital, mall y aeropuerto, mall y universidad, mall y plaza. La domesticación del lugar, con interacciones que muchas de las veces no incluye transacciones monetarias, hacen cuestionarse la ubicuidad del consumo dentro del mall.
Por el contrario, cada vez más los centros comerciales reúnen espacios de convivencia, interacción, conflicto y subversión[12]. Como dice Stuart Hall, teórico en estudios culturales y sociológicos, “El mundo material de bienes y tecnologías es profundamente cultural (…) por lo tanto el shopping mall realmente es el lugar paradigmático de un mundo culturalmente capitalizado, en el que últimamente la vida social y la comunicación no pueden ser imaginadas sin la mediación del mercado[13]”.
Cabe recordar que el mall es un objeto inventado, razón por la que es tan típicamente reconocible. La tipología fue diseñada por Víctor Gruen, arquitecto austriaco radicado en EEUU. La plantilla del Southdale Center (construido en Minneapolis, 1956) ha sido imitada y reinterpretada innumerables veces: una caja en blanco, en la mitad de estacionamientos, anclada por tiendas por departamento.

Pero Gruen tenía algo mucho más ambicioso en mente. Él estaba interesado en los lugares de consumo solo como el medio para alcanzar su objetivo de crear un nuevo mundo cívico. El mall, bajo sus conceptos, venía a servir como un nuevo centro urbano, y legitimizaba su punto al situar al mall en linaje directo con las formas pasadas en las que ‘comprar’ era una actividad coexistente con la ciudad, como en el Ágora de la Grecia antigua, el Mercado del Medioevo y ‘Town Square’[14].
Mall y Arquitectura
El mall debiese ser visto por la arquitectura y el diseño urbano como un lugar de proyecto, tanto privado como público. El mall no es solo un lugar funcional para el comercio, si no que por sobretodo cumple funciones sociales y comunicacionales dentro de un contexto super-urbano, que deben ser abordadas desde el diseño.
Se hace necesario localizar y analizar los lugares físicos de consumo –shopping malls y tiendas, y sus más diversas asociaciones con hospitales, museos, universidades, bibliotecas, colegios, etc. –vistos como lugares de construcción del espacio personal subjetivo.
El debate arquitectónico no ha atribuido la necesaria atención al diseño de esta área del proyecto cultural, la cual ha sido ya diseccionada y digerida por las ciencias sociales como la sociología y la antropología. Aun habiéndose reconocido la importancia que el mall y el mundo del consumo tiene en la formación de nosotros mismos y de nuestro mundo, ha sido reducido a ser teorizado por simples manuales técnicos de consulta, que poco o nada aportan al afronte del consumo como elemento constitutivo de la sociedad moderna. El debate de la forma de los espacios donde ello ocurre necesita ser elevado como tema de arquitectura.

¿Cómo se enfrenta la disciplina arquitectónica a la producción de la cultura popular, si últimamente se ha preocupado solo por la producción de la alta cultura? ¿Cómo responde? ¿Con la democratización de la alta
cultura? O sea, ¿un museo de arte moderno puede ser un mall? ¿O responde con su banalización? Es clarame
nte una implicancia política la de diseñar el espacio que alberga la mayor cantidad de interacciones presenciales en nuestra era informática, y es deber de la arquitectura como mecanismo de producción cultural y creación de identidad
colectiva participar de dicho debate de manera proyectual y no solo crítica.
Referencias Bibliográficas
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[1] NORBERG-SCHULZ, 1983
[2] SHIELDS, 1992
[3] Ídem, 1992
[4] BAUDRILLARD, 1970
[5] OSWALD, 1996
[6] Escopofilia (scopophelia) corresponde al desplazamiento del impulso erótico de lo genital por lo visual, lo representativo y lo simbólico. Estudiada por Freud y específicamente por Jaques Lacan, quien investigó acerca de la percepción difusa y sus implicaciones en el sujeto postmoderno. Los impulsos escópicos son fundamentales para la comprensión de las intersecciones de lo social y lo psicológico en la cultura del mall.
[7] PRESTINENZA, 2001
[8] LYNCH en PRESTINENZA, 2001. Se refiere al polémico ensayo de Lynch The Anaesthetics of Architecture, de 1999, donde apunta 5 tesis acerca del estado negativo de la arquitectura contemporánea.
[9] Ibíd. 2001
[10] Me refiero a los aportes generados por la generación de Robert Venturi y Denisse Scott-Brown, con sus estudios sobre Las Vegas (Learning from Las Vegas, 1972); de Christofer Alexander acerca de los patrones espontáneos y vernaculares (A Pattern Language: Towns, Buildings, Construction, 1977) y a las publicaciones de Archigram y Reyner Banham acerca de la cultura popular y de consumo (Housing as a consumer product. Archigram 3, 1963)
[11] PHELAN, 1993
[12] TSUNG LEONG, 2001
[13] HALL, 2000 en MISIK, 2005
[14] GRUEN, 1963 en TSUNG LEONG, 2001
